[...] El ajedrez es férrea lógica y estrategia; no deja espacio a la vida, la suerte ni el azar. Todo el mundo lo ensalza, porque de hecho es para gente inteligente. Yo no juego, me resulta demasiado frío y calculador. Si te enfrentas a un profesional, no tienes la menor oportunidad. Destruye tu ejército en pasos minuciosamente planeados. En cambio, en el backgammon todo está abierto, como en la vida. Y otra cosa. Mira lo que me ha enseñado Gibrán:
Dos jugadores representan dos destinos en la vida, dos dados son dos caminos. Cada dado tiene seis números:
- el uno es Dios;
- el dos es el cielo y el infierno, el mal y el bien, el hombre y la mujer;
- el tres es el padre, la madre y el hijo;
- el cuatro son las estaciones del año, los puntos cardinales;
- el cinco es el número de los dedos y los sentidos,
- y el seis es el número de la armonía y los colores del arco iris.
Las dos cifras opuestas de un dado suman siete, que es un número sagrado.
Cada lado del tablero tiene doce lenguas o casas para los doce meses del año. Ambos jugadores tienen veinticuatro casas, tantas como horas tiene el día. Juegan con treinta fichas, que son los días del mes, la mitad son negras para las noches y la otra blancas para los días. También se puede decir que por la tristeza y la alegría, la felicidad y la desdicha.
El jugador se esfuerza con habilidad y, al contrario que en el ajedrez, antes de cada paso tiene que preguntar a su suerte, a su oráculo. Ha de tirar los dados, y el vencedor puede transformarse en perdedor y viceversa, a veces en el último momento. La mayor suerte al tirar los dados de nada sirve si se juega con torpeza, tal como es la vida.
Rafik Schami
“El lado oscuro del amor”












